Bicicleteando por Santa Fe, entre Juan B Justo y Plaza Italia, le grité a una automovilista dos veces.
Desde lejos se veía que venía maniobrando medio raro. Algún otro automovilista ya se lo había hecho notar a bocinazo. Confiado me acerqué por detrás suponiendo erróneamente que estaba arrancando para unirse al flujo de la avenida. Estaba en verdad moviendose sobre el segundo carril nomás para pasar un auto estacionado sobre el primer carril. Ella quería nomás estacionar ahí en los espacios para descarga esos que armaron sobre la vereda, desacelerando repentinamente luego de unas primeras maniobras.

No sabiendo yo eso ocurrió la primer bronca. Una primer bronca justificada, que sumado a la ausente señalización y a mi orgullo estúpido de siempre andar justeli con el espacio casi logran que me la pegue. Hubo ahí una buena puteada.
La segunda puteada fue la que estuvo de más. Que luego de la primera el auto quedó quieto. Pasé por su izquierda, mirando a la conductora y gritando a pulmón buscando los ojos que andaban fijos en el volante. Una descarga genuina de ira que en una de esas deja marcas dañinas en su receptora.

Pequeños instantes de expresión quedan grabados en nuestras cabezas para aparecer en momentos inesperados. Entre todos nos pasamos emociones e ideas. Ojalá pasaramos las amorososas y ojalá sepamos combatir las crueles. Ojalá esta chica siga andando por avenidas sin importarle los idiotas que injustamente descargamos bronca cuando se manda cagadas.